PARTE 1
Carmen Ruiz se movía con rapidez por los pasillos de un hospital privado de lujo en San Pedro Garza García, Monterrey. Madre soltera y enfermera dedicada, trabajaba turnos dobles agotadores para mantener a su hija de ocho años, Lupita. Después de la escuela, Lupita solía esperar en la sala de descanso del personal, pero últimamente había adquirido una costumbre: visitar la habitación 312.
En esa habitación yacía Alejandro Garza, un poderoso magnate de la construcción que llevaba dos años en coma profundo tras un grave accidente de coche. Los médicos lo consideraban un caso perdido. Para su esposa, Lorena, no era más que una carga económica. Pero para Lupita, era el tío Alex, su amigo silencioso.
Tras haber perdido a su padre años atrás, Lupita poseía un corazón profundamente compasivo, cultivado por su abuela. Todos los días se sentaba junto a Alejandro, le mostraba sus coloridos dibujos y le hablaba de la escuela, convencida de que él podía oírla.
“Mamá, el tío Alex me entiende”, dijo una vez. “Me apretó el dedo cuando le conté sobre mi examen”.
Carmen intentó ser realista. Sabía que los reflejos podían engañar a la gente. Pero una tarde, todo cambió.
Mientras revisaba los monitores, Lorena entró con Mauricio, el hermano de Alejandro. No se percataron de que Carmen y Lupita estaban cerca.
“Si no lo desconectamos antes del viernes, la empresa congelará todo”, susurró Mauricio.
—Ya lo he arreglado —respondió Lorena con frialdad—. Mañana firmamos los papeles y apagamos las máquinas. Se acabó el fingir que me importa.
Carmen se sintió mal al escucharlos. Pero lo que la impactó aún más fue lo que sucedió después.
Mientras Lupita sostenía suavemente la mano de Alejandro, una lágrima rodó por su mejilla.
Los monitores registraron picos.
Él lo sabía.
Atrapado, pero consciente.
PARTE 2
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