El repentino pitido sobresaltó a Lorena y Mauricio.
—¿Finalmente se está muriendo? —preguntó Lorena, casi con esperanza.
Carmen intervino rápidamente, obligándolos a marcharse. Una vez a solas, Lupita se aferró a la mano de Alejandro.
—Tiene miedo, mamá —susurró ella.
Esa noche, Carmen no pudo descansar. Llamó al Dr. Morales y le exigió que le hicieran pruebas urgentes. A primera hora de la mañana, le realizaron las pruebas en secreto.
Los resultados fueron impactantes.
Alejandro no estaba inconsciente; sufría el síndrome de enclaustramiento. Podía pensar, sentir y oír todo, pero no podía moverse ni hablar.
Llevaba dos años consciente de ello.
Antes de que pudieran actuar legalmente, Lorena regresó con documentos falsificados para desconectar el soporte vital. El director del hospital, sobornado, se preparó para seguir sus órdenes.
Carmen se quedó de pie frente a la cama, negándose.
—¡Está consciente! —gritó ella.
Lorena se burló de ella. Llamaron a seguridad.
Entonces, de repente…
Lupita irrumpió en la habitación, aferrándose a la cama.
“¡No lo toquen! ¡Quiere vivir!”, gritó.
Mientras se desataba el caos, sucedió algo increíble.
Alejandro hizo un sonido.
Entonces, con un esfuerzo inmenso, abrió los ojos, plenamente consciente.
Alzó su mano temblorosa y señaló a Lorena y a Mauricio.
“M… mur… derers…”
La habitación quedó en silencio.
En los días siguientes, la verdad estalló en un escándalo nacional. Bajo protección, Alejandro inició una dolorosa recuperación, impulsado por la determinación y por la presencia inquebrantable de Lupita.
A medida que recuperaba las fuerzas, descubrió toda la traición:
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