Al principio pensé que el cierre se había atorado. Corrí hacia ella para ayudarla, pero Natalia retrocedió bruscamente y golpeó la mesa lateral. Su voz ya no era de incomodidad, era puro pánico.
—¡No mires! —chilló—. ¡No mires la espalda! ¡Quítamelo, Elena, por favor!
Intenté bajar el cierre, pero no se movía. Estaba completamente atascado. Natalia empezó a temblar de forma violenta, casi convulsiva. Logré apartar un mechón de su cabello para ver mejor… y en ese momento lo noté.
En la costura interior del escote había unas iniciales bordadas a mano: N.K. Y justo debajo, medio oculto entre el forro y la seda, asomaba un pequeño papel doblado.
Natalia me agarró de la muñeca con una fuerza desesperada.
—No se lo digas a Alejandro —susurró con la voz rota—. Todavía no… por favor.
Durante unos segundos fui incapaz de reaccionar. Natalia respiraba a bocanadas, con los ojos fijos en el espejo, como si hubiera visto una sentencia en lugar de su reflejo. La ayudé a sentarse en el sofá e intenté de nuevo bajar el cierre, esta vez con más cuidado. Cedió apenas unos centímetros. Ella aprovechó ese mínimo espacio para liberar primero un brazo, luego el otro, y terminó arrancándose el vestido del cuerpo casi con desesperación. Lo dejó caer al suelo y se abrazó a sí misma, completamente descompuesta.
Nunca la había visto así.
Natalia no era una mujer frágil. Era de esas personas que discuten con meseros, abogados o taxistas con la misma seguridad con la que otros preguntan la hora. Siempre había tenido un aire competitivo, incluso arrogante. Pero en ese momento parecía una niña asustada.
Recogí el vestido del suelo y saqué el papel doblado que estaba oculto en el forro. Ella extendió la mano de inmediato.
—Dámelo.
No se lo di.
—Explícame qué está pasando.
Natalia cerró los ojos. Llevaba maquillaje caro, pero el sudor ya le había marcado líneas en la base y alrededor de los ojos. La observé en silencio hasta que entendió que no iba a ceder.
—Hace seis meses —dijo al fin— conocí a una mujer en una cena benéfica en Polanco. Se llamaba Nuria Kessler… o eso dijo. Era de esas mujeres que entran a un lugar y todo el mundo se voltea a mirarlas. Tenía dinero, joyas discretas, chofer… y ese vestido.
Sentí un escalofrío.
—¿El mismo vestido?
Natalia asintió lentamente.
—No uno parecido. Ese mismo.
Me senté frente a ella, con cuidado, sintiendo que algo mucho más grande se abría ante nosotras.
Entonces empezó a contar una historia que sonaba absurda, casi inventada, pero cuyos detalles tenían un peso inquietantemente real. En aquella cena, Natalia se había presentado como asesora financiera independiente. En realidad, llevaba meses atrapada en deudas por inversiones fallidas y un estilo de vida que ya no podía sostener. Nuria lo notó enseguida. La invitó a reuniones, a cenas privadas, la introdujo en un pequeño círculo de personas con mucho dinero que buscaban mover capital fuera de México con rapidez. Natalia creyó que había encontrado una salida.
—No era una estafa cualquiera —murmuró—. Era peor. Usaban empresas fantasma, cuentas intermediarias y gente que firmaba sin leer. Yo solo hacía de enlace al principio… pero luego me metí demasiado.
—¿Qué tiene que ver eso con el vestido?
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