Natalia dudó unos segundos antes de responder.
—Sí.
—Entonces esto ya no es vergüenza. Es peligro.
Ella me miró, con los ojos enrojecidos.
—No quiero arrastrarlos a esto.
—Ya nos arrastraste.
El silencio que siguió fue pesado. Afuera pasó una ambulancia; su sirena atravesó la calle y luego todo volvió a la normalidad, como si nada ocurriera: coches, voces lejanas, la rutina de la ciudad.
Tomé mi teléfono.
—Voy a llamar a Alejandro.
Natalia me detuvo sujetándome el brazo.
—No. Si él compró el vestido por casualidad, le vas a crear un problema sin motivo. Y si no fue casualidad… entonces primero tenemos que saber de qué lado está.
Esa frase me dejó helada. Alejandro siempre había sido metódico, serio, incapaz —según yo— de una traición.
Pero lo que descubrimos después no solo cambió la imagen que tenía de mi marido… sino que nos arrastró a un juego mucho más peligroso de lo que jamás imaginamos
Sin embargo, la caja había llegado a nuestra casa por sus manos. Él había repetido palabra por palabra lo que le dijo el vendedor: “pieza única de la colección privada de una clienta”.
Demasiado preciso. Demasiado limpio.
Dejé el celular sobre la mesa.
—Entonces vamos a averiguarlo antes de que vuelva a casa.
Natalia se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, por primera vez desde que empezó el desastre, pareció centrarse.
—Las copias están en una memoria USB. En mi departamento.
—Vamos por ella.
—¿Y el vestido?
Lo doblé con cuidado, evitando tocar más de lo necesario la costura donde estaban las iniciales.
—Se viene con nosotras.
Porque en ese momento ya lo tenía claro: aquella prenda no era un regalo. Era el hilo de una trama que llevaba demasiado tiempo escondida, y alguien acababa de jalar de él.
Salimos de casa sin comer, con el vestido guardado en una funda opaca y una tensión tan espesa que apenas podíamos respirar dentro del coche. Natalia manejaba demasiado rápido por el Periférico, tamborileando con los dedos contra el volante cada vez que se detenía en un semáforo. Yo iba mirando el celular, esperando un mensaje de Alejandro, pero solo encontré dos correos de trabajo y una promoción del súper. Nada suyo. Eso me inquietaba aún más.
El departamento de Natalia estaba en Santa Fe, en un conjunto moderno con cámaras en la entrada y un guardia que apenas levantó la vista. Subimos en elevador hasta el cuarto piso. En cuanto abrió la puerta, fue directo al dormitorio principal y apartó una caja de zapatos del fondo del clóset. Dentro había recibos, un reloj antiguo, dos pasaportes vencidos y una memoria USB negra.
—Aquí está.
—Bien. Ahora necesitamos saber qué papel juega Alejandro.
—Y si Nuria sigue viva —dijo ella.
La miré.
—¿Crees que está muerta?
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