Acababa de reducir toda su existencia a una función biológica.
Clara soltó una risa corta y seca.
—Vamos, no te lo tomes así —dijo, dando un paso al frente con una compasión tan fingida que resultaba ofensiva—. Adrien necesita una mujer que sepa manejar los negocios. Mañana firmará el contrato más importante de su profesión. Necesita a alguien que lo apoye a ese nivel, no a alguien cuyo mayor logro fue elegir el color de la habitación de un niño.
Esta vez, varias personas murmuraron en voz alta. Un comensal cerca del bufé exclamó: «¡Qué asco!». Bérénice palideció. Hélène apretó los puños con tanta fuerza que se le pusieron los nudillos blancos.
Victoire, sin embargo, seguía llorando por una razón que nadie en la habitación podía comprender. No porque Clara tuviera razón, sino porque estaba tan grotescamente equivocada que la escena se tornó casi surrealista.
Adrien percibió un cambio en el ambiente de la sala e intentó atenuar su brutalidad con el tono racional que adoptaba en las reuniones del comité directivo.
—Mira, no hay necesidad de complicar las cosas. Mañana, después de mi reunión con Orphée International, mi carrera dará un paso importante. Prefiero dejar esto claro ahora.
Pronunció el nombre de la empresa como si se tratara de una fórmula sagrada.
Orfeo Internacional.
El grupo del que todo París llevaba seis meses hablando. La empresa que preparaba una alianza industrial masiva con la compañía de Adrien. La misteriosa empresa matriz cuyo director ejecutivo casi nadie había visto. Aquella cuya identidad oficial nunca aparecía en las fotos. Aquella a la que la prensa llamaba “la mujer invisible de la economía europea”.
Victoire lo miró entre lágrimas y, por un instante cruel, buscó el rostro del hombre con quien se había casado hacía cinco años. El hombre que le traía sopa por las noches. El hombre que una vez, con las manos en sus mejillas, le había jurado que era la persona más inteligente que jamás había conocido.
De aquel hombre no quedó nada.
Debajo del dolor, algo más despertó.
Ni ira. Ni venganza.
El cálculo.
Porque Victoire Delmas no era sólo Victoire Delmas.
En el mundo de los negocios, era conocida como Victoire Chen.
Fundador y director ejecutivo de Orphée International.
La mujer con la que Adrien había negociado durante meses sin cuestionar jamás por qué todas las videoconferencias se celebraban sin cámaras, por qué todas las validaciones llevaban el nombre de Chen, por qué los equipos legales compartimentaban tanto el acceso a la dirección.
Victoire había conservado su apellido de soltera para los negocios, su apellido de casada para su vida privada, y la discreción como su única protección. Al principio, no era una trampa. Era una forma de respirar. Una forma de saber si un hombre la amaba por quien era, sin la obscena carga de su riqueza. Había construido Orphée desde una pequeña oficina alquilada en el distrito 11, con una computadora de segunda mano, un talento extraordinario y una resistencia que pocos hombres a su alrededor habían podido soportar. En ocho años, había creado un imperio tecnológico, logístico y energético que abarcaba cuatro continentes. Había firmado contratos que podían salvar regiones enteras del colapso industrial. Había tomado decisiones que hacían temblar a los ministros.
Y, a ojos de su marido, ella no era más que una mujer embarazada con un vestido de flores.