El día del cumpleaños de Daniel, caminamos descalzos por la orilla.
Noé llevaba consigo un pequeño bote de madera que había fabricado en la escuela. Lo puso en el agua y observó cómo se alejaba flotando.
—¿Crees que papá lo vio? —preguntó.
Le apreté la mano.
—Sí —dije—. Y creo que está orgulloso.
Por primera vez en meses, Noah sonrió.
Tras nosotros, las olas borraron nuestras huellas.
Delante de nosotros, el sol se alzaba brillante y sin pudor alguno.