Esa misma semana, Valeria notó cosas extrañas. Cámaras que dejaban de funcionar. Registros médicos abiertos por usuarios desconocidos. Guardias que cambiaban de turno sin explicación.
Una noche, al ir por café a la sala de descanso, oyó voces detrás de la puerta entreabierta.
—El viernes se acaba esto —dijo un hombre—. Don Leonardo ya se cansó de esperar.
—¿Y la enfermera?
—La sacan del piso con cualquier pretexto. Después se ajusta la vía. Nadie va a preguntar demasiado si el corazón de un comatoso se detiene.
Valeria retrocedió, sintiendo que la sangre se le iba del cuerpo.
Volvió corriendo a la habitación 412 y cerró la puerta con seguro. Santiago seguía inmóvil, indefenso, pálido bajo las sábanas.
Ella se acercó a su oído.
—Santiago —susurró, con la voz rota—. Tiene que despertar. Leonardo va a matarlo. Van a hacer que parezca natural. Por favor, si está ahí, si puede escucharme, luche.
Tomó el libro con manos temblorosas y leyó como si rezara. Leyó las páginas donde Dantès comprendía la traición, donde el dolor se convertía en fuerza, donde un hombre enterrado en vida se negaba a morir.
—No deje que lo entierren vivo —murmuró Valeria, llorando.
El monitor respondió con el mismo sonido.
Bip. Bip. Bip.
El viernes llegó con una tormenta brutal. La lluvia golpeaba los ventanales del hospital y el cielo sobre la ciudad parecía partido por relámpagos.
Cuando Valeria llegó a su turno de las once, Julián no estaba.
En su lugar había un hombre desconocido revisando el celular.
Valeria sintió que el destino ya había abierto la puerta.
A las 2:45 de la madrugada, la luz parpadeó. Durante tres segundos, la habitación quedó completamente oscura. Cuando volvió la electricidad, la manija de la puerta empezó a girar.
Entró un hombre con bata blanca, cubrebocas y gorro quirúrgico. Pero no caminaba como médico. Caminaba como depredador.
Sacó una jeringa del bolsillo.
Valeria se puso de pie.
—¿Qué está haciendo? No hay ninguna indicación nueva.
El hombre la ignoró y fue directo a la vía central de Santiago.
Valeria se lanzó sobre él y le sujetó el brazo.
—¡No puede hacer eso!
El golpe llegó rápido. El dorso de la mano del hombre le estrelló el pómulo y la mandó contra el piso. Valeria sintió un dolor blanco detrás de los ojos. Probó sangre.
Desde el suelo vio cómo el hombre destapaba la jeringa con los dientes y acercaba la aguja al puerto de la vía.
—No… —gimió ella.
La aguja estaba a punto de entrar.
Entonces, una mano salió de debajo de la sábana.
No fue un movimiento débil. Fue preciso, brutal.
La mano de Santiago Alcázar atrapó la muñeca del asesino.
El hombre se quedó paralizado.
Los ojos de Santiago estaban abiertos.
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