Ella encontró el teclado de seguridad.
—Está cerrado. ¿Sabe el código?
—Pruebe 0451.
El foco pasó de rojo a verde.
Dentro, Julián estaba atado a una tubería, con el rostro golpeado y la camisa rota.
—Tiene que correr —dijo él—. Van a matar al patrón esta noche.
Valeria cortó los amarres con unas tijeras de trauma.
—Ya intentaron hacerlo.
Julián palideció.
—¿Santiago está…?
—Despierto —dijo ella—. Me mandó a decirle que el conde está despierto.
La mirada de Julián cambió. El miedo desapareció y en su lugar apareció una lealtad feroz.
—Entonces Leonardo acaba de firmar su sentencia.
Subieron por las escaleras de servicio. En el pasillo del cuarto piso, Julián neutralizó al guardia de Leonardo sin hacer ruido. Cuando entraron a la habitación 412, Santiago estaba en la silla de ruedas, escondido entre las sombras.
El asesino seguía inconsciente, atado con vendas.
—Patrón —dijo Julián, arrodillándose.
Santiago apoyó una mano en su hombro.
—No tenemos mucho tiempo. Leonardo vendrá a confirmar mi muerte.
Prepararon una trampa. Pusieron almohadas bajo las sábanas, conectaron los sensores del monitor al cuerpo inconsciente del asesino y dejaron que el pitido llenara el cuarto como si Santiago siguiera en cama.
Valeria se sentó junto a la ventana con el libro abierto sobre las piernas, aunque no podía leer una sola palabra.
Esperaron.
Diez minutos.
Veinte.
Finalmente, la puerta se abrió.
Leonardo Salvatierra entró con el abrigo mojado por la lluvia. Sonrió al ver la figura inmóvil bajo las sábanas.
—Entonces ya terminó —murmuró.
Miró a Valeria.
—Sobrevivió a una noche complicada, enfermera.
Ella no respondió.
Leonardo se acercó a la cama.
—Santiago fue grande alguna vez. Pero un rey que no puede levantarse deja de ser rey.
Desde las sombras, una voz ronca contestó:
—¿Eso creíste, Leonardo?
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