Mi corazón dio un vuelco. “Richard… ¿qué estás diciendo?”
Él sonrió con dulzura. “Te pido que te cases conmigo”.
Entonces sacó una caja para el anillo.
En su interior había un anillo de diamantes y zafiros que parecía increíblemente caro.
—Déjame cuidarte —dijo.
Lo miré fijamente, pensativa. Una vez amé a alguien, intenté construir una vida a partir de ese amor. Me dejó sola, luchando, abandonada.
No amaba a Richard, pero me caía bien. Y él tampoco me había dicho que me amaba. Quizás eso simplificaba las cosas.
—¿De verdad es tan difícil decidir? —preguntó, con la voz ligera pero tensa por dentro.
Dudé. Luego me dije a mí misma que estaba siendo práctica. Que estaba eligiendo lo que una buena madre debería hacer: seguridad por encima de los sueños.
—De acuerdo —dije, deslizando mi mano hacia adelante—. Sí.
Al principio, todo parecía perfecto.
Richard pasó tiempo con mis hijos, y a ellos les cayó bien.
Un sábado, los llevó de paseo por la tarde. Cuando regresaron, estaban emocionados.
“¡Mamá, conocimos a una señora muy simpática!”, dijo Ava.
“Tenía muchísimos juguetes”, añadió Mason. “¡Y juegos y rompecabezas!”
Miré a Richard.
—Un amigo mío trabaja con niños —dijo con naturalidad—. Pensé que les gustaría.
No lo cuestioné. Ojalá lo hubiera hecho.
Más tarde, empezó a hablar de colegios, de colegios privados, con mejores oportunidades.
“Eso podría ser fantástico para ellos”, admití.
“Encontraré el lugar adecuado”, dijo. “El dinero no es un problema”.
Esas palabras se quedaron conmigo, reconfortándome más de lo que deberían.
No me di cuenta de lo peligrosos que eran.
⏬️⏬️ continúa en la página siguiente ⏬️⏬️