En los días siguientes, todo cambió.
Daisy se quedó conmigo. Establecimos rutinas. Poco a poco, empezó a sentirse segura de nuevo.
Cuando su padre regresó, la verdad ya no podía ignorarse.
En el juzgado, Daisy habló por sí misma.
«Quiero quedarme con mi abuelo», dijo. «Aquí, la gente se acuerda de que estoy aquí».
Eso bastó.
Me concedieron la tutela.
Celebramos su siguiente cumpleaños con un pastel de fresas, su elección.
Sencillo. Sincero. Suyo.
Ahora, mi casa está llena de nuevos recuerdos: fotos donde ella siempre es la protagonista, risas que perduran y una sensación de pertenencia que siempre debió haber tenido.
No podía cambiar el pasado.
Pero podía darle un futuro donde nunca tuviera que preguntarse si importaba.
Y finalmente… supo que sí importaba.