MIS PADRES LLEGARON DESDE PUEBLA CON VERDURAS RECIÉN CORTADAS Y UN POLLO DE RANCHO
No discutí.
No me defendí.
Solo abrí el sobre.
Saqué los papeles.
Originales.
Notariados.
Con firmas.
Con sellos.
Con fechas.
La escritura de la casa.
Y el nombre de la propietaria…
no era el de ella.
Ni el de Marco.
Era el mío.
El silencio fue tan pesado que hasta el sonido de la televisión pareció apagarse solo.
Carmen parpadeó.
Luego soltó una risa nerviosa.
Próxima
—Eso está falsificado. No me vengas con tonterías.
Negué con la cabeza.
—No. Cuando me casé con Marco, el enganche de esta casa salió de la venta del terreno de mis padres. ¿Se acuerda del terreno del que tanto se burló? De ahí salió ese dinero. Y la casa quedó a mi nombre porque Marco, en ese tiempo, estaba ahogado en deudas.
La vi ponerse pálida.
Como si le hubieran arrancado el piso bajo los pies.
—No… no puede ser…
Saqué otro documento.
Después otro.
Transferencias.
Recibos.
Comprobantes bancarios.
Todo en orden.
Se me partió el alma.
Y entonces Paulina, todavía con la sonrisa puesta, dijo lo suficientemente fuerte para que la escucháramos:
—Ay, por favor, deja de hacerte la víctima, qué niña tan fea.
No recuerdo haber respirado después de eso. Solo vi a Emiliano ponerse rígido a mi lado. No lloró. No gritó. Solo clavó los ojos en la mesa principal con una furia tan helada que me dio miedo.
Guardé la tarjeta en mi bolso, abracé a Renata y dije: