Firmé los papeles del divorcio al mediodía y escondí la prueba positiva en mi bolso. Al atardecer, el hombre más temido de Chicago la tenía en sus manos.

—Más de lo que confiaba en Julian —admití, sorprendiéndome a mí misma por mi sinceridad.

Esa respuesta cambió algo dentro de mí.

Ethan no era gentil en el sentido tradicional, pero era cuidadoso en aspectos importantes, y trató mi embarazo como algo que merecía ser protegido sin intentar controlarme.

Una noche, cuando las náuseas y el miedo me despertaron, llamé por error a su número en lugar de al de la cocina.

—¿Qué pasó? —preguntó inmediatamente.

—Nada —dije rápidamente, avergonzado—, simplemente marqué mal.

—Quédate ahí —respondió.

Llegó a mi puerta en cuestión de minutos, trayendo té y una tranquilidad que hizo que el pánico se desvaneciera.

Hablamos hasta la mañana, y en algún momento de esas horas, la confianza se fue instalando sin que nadie la solicitara.

Más tarde, después de que su madre y su hermana me visitaran, su madre me acorraló con una mirada cómplice.

—O lo besas —dijo sin rodeos—, o dejas que el pobre hombre sufra.

Me reí, pero esa noche no me alejé cuando Ethan se acercó demasiado.

“He querido besarte desde que salimos del juzgado”, admitió.

—Eso me parece una mala decisión —respondí, con el corazón acelerado.

—Probablemente sí —dijo en voz baja.

De todos modos, lo besé.

El momento fue tranquilo y deliberado, sin prisas ni artificios, y se sintió como si se tratara de elegir algo en lugar de dejarse llevar por ello.

Todo volvió a cambiar cuando Ethan encontró a Julian.

—Está escondido cerca —me dijo Ethan con voz controlada.

—¿Qué quieres? —pregunté.

 

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