Parte 1 No digas nada todavía… —susurró Richard—. Esto puede salvarnos…..

A Tomás se lo tragó la mina una madrugada de abril. Hubo derrumbe, dijeron. Hubo confusión. Hubo polvo, gritos, hombres corriendo. No hubo cadáver para velar. No hubo indemnización. Solo silencio.

El padre Anselmo llegó al tercer día, no con rosario ni consuelo, sino con una carpeta bajo el brazo.

—Tu marido dejó deudas, hija —dijo, mostrando los dientes amarillos en una sonrisa que no alcanzó sus ojos—. Con la compañía, con el capataz… y casi con Dios.

Jacinta, sentada en la orilla de la cama del cuarto húmedo que rentaba detrás del mercado, solo apretó la mano sobre la barriga.

—No tengo con qué pagar.

—Tal vez sí —respondió él, y sacó unos papeles arrugados—. Hay un terreno en el cerro de Roca Verde. Herencia vieja, de parte de su abuela materna. Nunca lo registró. Si pagas impuestos atrasados, puede quedar a tu nombre.

Jacinta miró los números. No entendió nada salvo una cifra.

Ciento veinte pesos.

Ella tenía treinta y dos, ahorrados de vender rebosos bordados.

—No puedo —susurró.

—Puedo darte tiempo —dijo el padre Anselmo.

Pero sus ojos decían otra cosa: no meses, semanas. Tiempo de mujer acorralada. Tiempo de viuda joven con barriga creciendo y rumores creciendo más.

La salvó doña Candelaria, no con dinero, sino con información.

La curandera apareció una tarde en la puerta de su cuarto con un paquete envuelto en manta. Olía a miel, romero y humo viejo.

—Esto era para cuando tocaras fondo —dijo, sin saludo—. Tu bisabuela me lo dejó.

Jacinta parpadeó.

—¿Mi bisabuela?

Su madre jamás le habló de ella, salvo para decir: “Murió loca en el cerro, hablando sola con las piedras”.

Doña Candelaria le entregó una carta de papel amarillento. La letra, temblorosa, parecía dibujada por manos cansadas.

Si estás leyendo esto, ya no te queda dónde caer. Vete al terreno. No mires atrás. El cerro no da segundas oportunidades, pero sí refugio a quien sabe pedirlo.

Y al final, con otra tinta, más reciente, una línea distinta:

La piedra que parece pared no lo es.

Jacinta no tenía a quién acudir. Su madre había muerto el año anterior. Su hermana se fue con un ferrocarrilero a Guadalajara y nunca escribió. Bordar ya no alcanzaba ni para renta ni para frijoles.

Tenía treinta y dos pesos. Una barriga de siete meses. Una carta de una muerta que todos llamaban loca.

Y miedo.

Tomó un camión de carga rumbo a Roca Verde. No iba sentada, iba acomodada entre costales de maíz y cajas de gallinas, tragando polvo. El chofer, un hombre con cicatriz en el cuello, la vio bajar al pie del cerro y soltó:

—No sube nadie vivo sola hasta allá, señora.

Jacinta no contestó. Ya no tenía respuestas para hombres que anunciaban desgracias.

El camino era piedra y sol. Contó pasos para no pensar en la sed ni en el dolor de espalda.

A los trescientos encontró la primera marca: una piedra plana, colocada adrede, demasiado recta para ser natural. Luego otra. Y otra. Las siguió como quien sigue una corazonada.

Cuando vio el terreno, no sintió decepción.

 

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