Parte 1 No digas nada todavía… —susurró Richard—. Esto puede salvarnos…..

Sintió reconocimiento.

Era exactamente lo que le había dejado la vida: una parcela inclinada, ruinas de adobe, vigas podridas, hierba seca y rocas enormes como animales dormidos. Nada.

Y sin embargo, había algo más.

Una roca grande en el límite del terreno, demasiado lisa, con hendiduras verticales que parecían marcas de herramienta. Jacinta se acercó, la tocó. Estaba fría pese al sol. Apoyó el oído y escuchó un soplo leve, rítmico.

Empujó.

Nada.

Empujó otra vez, cuidando la barriga. Los nudillos le ardieron. El polvo se le metió en la boca. El bebé pateó fuerte.

Entonces la piedra cedió.

Un centímetro. Dos.

Y el aire de adentro salió a su encuentro con olor a tierra seca, madera vieja… y algo dulce, como cempasúchil guardado demasiado tiempo.

Jacinta se metió de lado, abrazándose el vientre. Encendió la vela que traía en el bolsillo. La llama tembló, pero aguantó.

Lo primero que vio fue el piso nivelado. Alguien lo había compactado. Alguien había vivido ahí.

Lo segundo fue una caja de madera empotrada en la roca, como un armario rústico con un gancho oxidado.

Tardó un rato en abrirlo. Cuando lo hizo, las piernas se le doblaron.

Adentro había una cuna.

Pequeña, de madera oscura, tallada a mano, con barrotes gastados y un colchón de lana amarillento pero entero. Sobre el colchón, un gorrito de bebé tejido a mano, gris por el polvo, intacto.

Al lado, una caja de metal.

Dentro, más de cincuenta cartas atadas con cordel y fotografías antiguas. En una de ellas, una mujer joven de rasgos parecidos a los de Jacinta, sentada sobre la misma roca exterior, con una mano en la barriga redonda.

Jacinta bajó la vista a su vientre y sintió que el aire se le iba del cuerpo.

Abrió la primera carta.

Para la que venga después. Para quien llegue cuando ya no tenga a nadie.

Leyó en voz baja, y el eco la hizo sentir acompañada.

No tengas miedo de la soledad. El cerro no abandona. Solo espera que aprendas su lengua.

Pasó la noche en la gruta, junto a la cuna, con la vela apagada para ahorrar. Durmió por primera vez en meses sin despertarse con sobresalto.

Al amanecer, encontró una cobija tejida en la entrada. Y un plato con tortillas tibias y queso envuelto en hoja de maíz.

Salió de golpe.

No había nadie.

Solo viento, piedra y el valle despierto.

 

⏬️⏬️ continúa en la página siguiente ⏬️⏬️

Leave a Comment